De
todos los hogares, residencias, casas de ancianos, asilos y similares que
conozco (puedo asegurar que no son pocos), solamente uno cumplía con
la condición de respeto por la dignidad de los ancianos y la integración
en un colectivo que funcionaba como familia.
Estaba ubicada en un barrio pobre de Santiago y era una casa de un piso con
ampliaciones, dotada de un gran patio. El entorno era humilde, exageradamente
limpio y adornado permanentemente con flores, fotografías y paisajes
de calendario cuidadosamente enmarcados.
En ninguna de mis visitas sentí olor a orina ni vi a un huésped
descuidado. Los ancianos conversaban y compartían sus vidas armónicamente,
con las habituales peleas de toda familia. También constituían
un colectivo que cuidaba un huerto, donde había espacio para sembrar
flores.
La dueña y administradora era una enfermera misionera y creo que eso
era lo distintivo. No que fuera misionera, sino que actuaba con un profundo
respeto y amor por los viejos.
Una remodelación de vías del sector expropió la casa
y nunca más supe de ella. Esta experiencia me dejó una lección
imborrable: cuidar a los viejos no es un negocio, no es "rentable",
es un asunto de vocación de servicio. ![]()

