Si bien es cierto que la elevación de la presión sanguínea es potencialmente mortal, se requiere una serie de circunstancias para que esto ocurra.
Si consideramos que el 20% de la población adulta urbana tiene presión alta, es evidente que en la inmensa mayoría de los casos cursa como una enfermedad crónica que con tratamiento y hábitos de vida saludables se mantiene compensada, es decir, dentro de las cifras normales de 140 para la alta o sistólica y 90 para la mínima o diastólica, como límites.
Cuando el médico diagnostica una enfermedad crónica tiene la obligación de instruir al paciente sobre ella, pero instruir no significa asustar, más aún cuando la enfermedad tiene tratamiento.
Se ha hecho una costumbre que muchas personas, con distintos grados de conocimiento (y a veces con ninguno) opinen sobre el pronóstico (lo que va a pasar) con esta patología y hay una morbosidad manifiesta en acrecentar los riesgos . No puedo calcular el número de pacientes “desahuciados” que he visto en mi larga carrera profesional y de ellos son pocos los que realmente no tenían posibilidad de algún tratamiento.
La forma impersonal en que se practica la medicina en Chile desde hace años favorece las “metidas de pata”, como la que se me ocurre sucedió con el desventurado suicida.
Yo creo que el médico de cabecera, que conoce el paciente y su entorno, tiene muchos más elementos para abordar la forma en que se le dará a conocer un diagnóstico. O si la información debe darse a un familiar responsable y no al enfermo.
Para mí esa es una de las bellezas de la Geriatría: poder seguir el proceso de envejecimiento sin medicalizarlo, ayudar a preservar los bienes y minimizar los males, es decir, ser el médico de cabecera.

