
Pero hay otro tema importante que limita esta práctica. Aunque en los últimos dos a tres años hemos presenciado frecuentes intentos mediáticos para romper el tabú de la sexualidad en la tercera edad, en la práctica sigue siendo un tema vedado.
Es lógico que esto ocurra en una sociedad hedonista como la nuestra, construida sobre la base de un ideal de belleza joven que limita el amor de pareja y sus manifestaciones físicas al disfrute sólo durante la juventud. Este concepto cultural ha llevado a que la sexualidad adulta sea vivida en una suerte de clandestinaje, para evitar el riesgo de críticas por parte de familiares, amigos e incluso desconocidos.
El cambio cultural necesario para que se acepte naturalmente la actividad sexual en personas mayores de 60 años será lento, porque hay límites de aceptación que constituyen realmente una censura, pero que aparentan amplitud de criterio. Un ejemplo de ello es la "gran ternura" con que se acepta ver viejos tomados de la mano en público o dándose un leve beso, preferentemente en la mejilla o la frente.
La actitud cambia diametralmente al escuchar una propuesta o una caricia de sentido sexual más explícito. Surge de inmediato el desagrado, las opiniones descalificadoras. Es cierto que en determinados estadíos de la demencia senil pueden ser propensos a ciertas desinhibiciones que los hacen ser inadecuados en la oportunidad de las manifestaciones sexuales, pero hay una censura reprochable que afecta a viejas y viejos normales que son catalogados de "viejos verdes" o "viudas alegres" cuando manifiestan interés por personas del sexo opuesto.
La condena sobre la sexualidad de los viejos hace que en la práctica se le niegue existencia. Esto es muy claro cuando se hace necesario que la pareja anciana se mude a una casa más pequeña o se vea obligada a vivir en condición de allegados. En ocasiones, la solución que se propone es que se vayan con hijos distintos, sin tomar en cuenta que de esa manera se impide la intimidad. Los hijos mayores también son promotores de la separación de camas o de dormitorios con el pretexto de permitir un mejor sueño, lo cual puede tener algo de cierto, pero debe ser una decisión de la pareja.

