Hace algunos días se publicaron algunos de los datos de los resultados de la campaña contra el hábito de fumar, la cual se orquestó con gran difusión y enorme costo económico para los negocios, que debieron modificar sus locales para adaptarse a las nuevas normativas. La campaña ha sido un completo desastre. No hay disminución de fumadores y, peor aún, aumentaron las mujeres que fuman a pesar de tener altos riesgos y que hubo un notorio aumento del precio de los cigarrillos. Las tabacaleras no han quebrado, no han disminuído ventas a pesar de haberse prohibido la propaganda. Al contrario, han ahorrado en ese ítem y siguen vendiendo. La imágenes de las cajetillas promovieron el uso de las cigarreras, que impiden ver la desagradable fotografía.
Un recorrido por locales de reunión social muestra que los que aceptan fumadores están siempre concurridos y si se entra a los otros que están vacíos frecuentemente permiten fumar. Los grupos de fumadores en las afueras de edificios de oficinas son numerosísimos y aparentemente lo pasan muy bien. La única prohibición exitosa, a mi ver, es la de sitios públicos de marcada concurrencia como los malls, los bancos y las salas de espera de cines.
¿Cuál es el problema entonces, si aparentemente la intención es buena y el hábito de fumar está vinculado como factor de riesgo en varias enfermedades? En mi experiencia, cualquier intento porque una persona deje de fumar es que QUIERA hacerlo. Y para eso las razones tienen que ser absolutamente fundamentadas en el riesgo personal. Nada se saca con insistir majaderamente en los muertos por cáncer del pulmón, porque todos conocen gente que fuma mucho y no le pasa nada y si es por morirse, como me han dicho pacientes, por lo menos disfrutan el cigarro.

