El uso indiscriminado de medicamentos es una verdadera epidemia hoy en día. Por una parte, se ha introducido firmemente en la conciencia colectiva que cuando se siente “algo” en el cuerpo que molesta, debe ingerirse otro “algo” que elimine esa molestia.
Sin duda es un avance del conocimiento aceptar que el curso de algunos acontecimientos de la vida se pueden modificar con sustancias, que históricamente eran hierbas, baños termales, o aplicación de sustancias como cataplasmas de tela de araña o alas de mosca. El problema es que en la medida en que fue progresando la elaboración de sustancias químicas con efectos en los seres vivos, la potencia, los efectos laterales, la necesidad de balancear adecuadamente los riesgos con los beneficios, se han hecho muchísimo más complicados.

La gente necesita sentirse bien y, en ese estado mental especial, la gran mayoría acepta indicaciones de la propaganda que prolifera por todas partes, de los amigos, de los empleados de farmacia, o recuerda recetas antiguas o medicamentos que alguna vez tomó y que le hicieron bien, sin detenerse a analizar que la situación puede ser muy diferente.
Recuerdo un profesor mío que en los comienzos de mi carrera, hace ya muchos años, decía siempre que cualquiera puede recetar, pero el único que sabe los riesgos y las contraindicaciones es el médico.
Cada profesión tiene sus campos de acción y sus herramientas. El problema es cuando se usan herramientas sin dominar el manejo. Esto se liga con la necesidad de regular el uso de medicamentos, eliminar la propaganda, no considerarlos inocuos porque “son vitaminas”. ¡Si hasta la vitamina A intoxica y la vitamina B puede producir alergias gravísimas! El ácido acetil salicílico (más conocido como aspirina, que es una marca comercial) puede producir una gama de efectos laterales en la piel, en el oído, en el aparato digestivo y lo que es más triste: si se aumenta la dosis de 85 mg pierde parte del efecto protector sobre las arterias.
Hay opiniones encontradas respecto de las recetas retenidas acá en Chile. En otros países las restricciones son mayores y considero que están bien encaminadas.
He visto más problemas por indicación equivocada de medicamentos hormonales que lo que pudiera atribuirse a una casualidad. Una personalidad pública de nuestro país tiene un cáncer de mama, que fácilmente la prensa atribuyó a las hormonas de sustitución climatérica que usaba, cuando en realidad la señora se auto indicaba sin control, a una edad en la que precisamente ese medicamento, en especial, ya no debe usarse.
Se ha banalizado el uso de fármacos. La audacia con que se usan es abismante y esa conducta produce consecuencias muy negativas. El uso de antibióticos ante cualquier proceso respiratorio se había constituido en costumbre hasta que se logró controlar su comercialización. Ello, no obstante, fue posible sólo gracias a la ética de las farmacias que no deben venderlos sin receta, lo que no garantiza que lo hagan.

La azitromicina, un potente antibiótico que salió a la venta en Chile hace más o menos 10 años, debía usarse al inicio por tres días, en una dosis única diaria. Salieron copias más baratas, se difundió su uso y empezó a usarse por más días. Resultado: en la actualidad tiene más de 60% de resistencia microbiana y ha perdido utilidad. ¡En menos de diez años!
Otro ejemplo: la penicilina se introdujo en la farmacopea a fines de 1930 y bastaban cien mil unidades para cambiar el curso de enfermedades como sífilis o neumonía neumocócica. Actualmente sólo es útil en procesos infecciosos adquiridos en la comunidad, es decir, fuera de cualquier servicio de salud público o privado, donde los gérmenes han adquirido resistencia. Y las dosis se miden en millones de unidades.
La mayor longevidad de la población en Chile y el mundo se debe a la mejora de la calidad del agua y la disposición de excretas, la mayor protección contra las inclemencias del clima, la aplicación de vacunas y la incorporación de los antibióticos. Todo lo demás es importante, pero actúan más a escala individual que en los datos a nivel de población.
Lo que está pasando con los antibióticos debe alertar, pues muestra una conducta peligrosa, que se hace extensiva a otros fármacos.
En los últimos años la presión comercial ha puesto en uso medicamentos sin la debida prueba de terreno, lo que ha hecho que, al ser usados a gran escala y sin control, manifiesten efectos que han obligado a retirarlos de la circulación. Ha ocurrido con antihipertensivos, antireumáticos, analgésicos, medicamentos para bajar el colesterol.
Afortunadamente los problemas se conocen y los laboratorios serios reaccionan. Pero, ¿cuántas veces eran indicados por un médico o sólo porque a la mamá de mi amiga se lo recomendaron?
El progreso es loable y necesario, pero su producto debe ser manejado con ética y responsabilidad, más cuando se relaciona con la salud y, en especial, cuando se trata de adultos mayores que tienen mayor vulnerabilidad.

Medicina Interna y Geriatría - Santiago de Chile - MARZO de 2005
La Concepción 56, dpto. 105, Providencia. Teléfonos 252 0721 - 235 50 38 (fono-fax) Secretaria Judith Donato

Horror médico: los riesgos de la automedicación

 

" Me lo recomendó un amigo, mi mamá, lo tomé antes y me hizo bien..."